Las decisiones que con tanto esmero he arriesgado tomar, me han decepcionado; mis intentos se han derrumbado. Mi tolerancia al fracaso, sin embargo, pareciera estar intacta.
Complejo me resulta pensar que mi corazón estuvo mucho más abierto hace dos años atrás; ahora estoy colmada de miedo: me siento incomprendida, invisible, torpe, con poco valor. Mi concepción de amar no implica lo que estoy viviendo ahora, pues juro a partir de mis recuerdos que nadie había empeñado tanto tiempo de su vida en destacar e inventar defectos de mi persona, ni la persona más loca, clínicamente hablando, lo hizo.
Estoy desconcertada... he consultado amigos, familia respecto a las situaciones que diariamente me enfrento. Durante mucho tiempo pensé que efectivamente yo era todo lo que él describía, pero, ¿quién puede insistir con tanta firmeza en continuar en una relación donde estás sufriendo por culpa de tu amor? ¿está bien él en su insistencia a pesar de no poder encontrar la satisfacción en mi? Me vale poco ya.
Todos los cuestionamientos internos, el miedo a perder, el orgullo ante la vulnerabilidad se van desvaneciendo con el dolor. El dolor progresivamente me endurece, petrifica y hiela el corazón para de alguna forma lograr sobrellevar el luto: todo como una costra dura a la herida que detiene la sangre y permite regenerar la piel.
¿Pronto voy a huír?
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